jueves, 19 de mayo de 2011

Nocturno


La noche, ese sitio donde discurre mi vida. El rincón, ese lugar desde donde te veo, donde recuerdo tu sonrisa y el roce de tus labios con los míos; ese agujero donde me escondo para que nadie me vea. La cueva donde me aplasto, azuzado por los perros que me vienen a buscar cuando la luna se aparta y no me quiere mirar. La noche, cuando miro en la cama, cuando cierro los ojos, cuando sueño que te huelo, cuando extiendo la mano intentando alcanzar esas lágrimas que resbalan entre la oscuridad de tu mirada, para que no se pierdan entre las mías. La noche, esa ceguera profunda, ese silencio —roto por mi llanto— de muerte, esa desesperación... en la noche.
Cierro mis manos agarrándote el corazón, se que no estás, pero te siento, te aprieto (hasta que duele). Los segundos, lentos, eternos, se despeñan sobre la almohada, ni uno solo deja que me olvide de ti, de las cosas que no me dijiste y de todo el tiempo que no tuvimos. Esparzo caricias como si fuesen un campo las sábanas, como si ese algo que nunca tuvimos hoy estuviese aquí, como si el sueño repetido de un amanecer en tu boca no fuese un sueño; como si el sonido de tus pasos no lo hubiese oído, como si tus latidos fuesen los míos, como si todo lo que un día deseé, jamás hubiese existido. Como si el mar se parase y las olas, locas, se quedasen quietas; unas arriba con la espuma en la punta de la lengua, otras ya ahítas queriendo echarlo todo por la borda y otras furiosas, desesperadas por que no encuentran eso que buscan, eso que yo buscaba y que ahora añoro. La vida en una noche, las velas se derriten corroídas por el intransigente tiempo y con ellas los deseos se esfuman, como los poemas recitados en la sombra de tu alma. Toda aquella música...

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