jueves, 15 de septiembre de 2011

Sombras de colores






















Sombras de colores, reflejos de vida, llamas derramadas sobre el papel. El fuego que sale del alma se expresa en poemas de luz. Oraciones de un hombre que vive el sueño de crear, de sacar rojos y negros y blancos de lo más profundo del pensamiento para regalárnoslos, haciéndonos participes de su imaginación y de su trabajo, transportándonos a mundos donde las ideas se deslizan, vuelan a veces y otras se detienen, aislándonos de la realidad y haciéndonos sentir el pulso de la vida, la incertidumbre de vivir y soñar.

Israel crea formas primigenias,  moléculas de sangre y agua, de vida y muerte que nos transfieren el poder de la naturaleza y nos hacen reflexionar sobre lo que somos, como si fuésemos células que se desplazan por un mar infinito, seres con un futuro limitado por nuestro nimio espacio, el que habitan nuestras ilusiones.
De debajo de nosotros surgen, se deslizan las sombras, ¿o somos nosotros los que ascendemos de las sombras intentando escapar? Tal vez las imágenes sean ese ideal de belleza al que el hombre aspira, como creía Platón y al que corrigió Aristóteles exponiendo que no hay un único ideal de belleza sino tantos como almas. Nuestra lucha para escapar de nuestro yo.

Veo a estas figuras de Israel, ahora ya convertidas en iconos —de la naturaleza, de la vida— como si fuesen muestras tomadas de nosotros mismos que observamos a través del ojo de un microscopio. Fluyen, se escapan, se elevan; unas son rojas, como nuestra sangre, el fluido que nos impulsa y nos mantiene en pie dándonos la pasión por vivir; otras son negras como la oscuridad, como esos pensamientos secretos que nos asaltan en la noche; otras son blancas, como esa luz que sale del amanecer para iluminar nuestra soledad y darnos la esperanza.

Son más que poesía en movimiento, admiramos en estos cuadros a la vida, como se retuerce, como se mueve, y a veces intenta correr y a veces detenerse dentro de nosotros. El amor, el fracaso, los sueños, la muerte. Algo que no se detiene, y que no se detendrá nunca, ni aún cuando nosotros no estemos. Células como un segundo de nuestras vidas, ese espacio que perdemos cada vez que parpadeamos y que nunca volverá. El fluir, el circulo, ese río en el que nunca nos volveremos a sumergir.

Cuando entramos en la sala y nos colocamos ante los cuadros de Israel nos encontramos en medio de un círculo de movimiento constante, la vida. El dominio de la técnica le ha permitido que las líneas, que el color, las aguadas, las sombras, que el movimiento detenido en un instante nos digan cosas que nunca antes nos habían dicho. Nos lleva de la partícula al todo, sus figuras claramente son reales, auténticas; son reflejos de una idea; el artista las ha limpiado despojándolas de lo anecdótico y lo irrelevante, reduciendo a la mínima expresión esos conceptos, esos sueños, esas imágenes, sin falsear la realidad, Por eso nos llegan tan profundamente, porque las reconocemos, porque sabemos que es el latido de nuestro corazón lo que está pintando.






















Podemos disfrutar de estas obras de Jacobo de la Peña (Israel), ganador junto con María Braña del XLI Certamen Nacional de Arte de Luarca, en la Sala Borrón de Oviedo durante este mes de septiembre.






















"Por la contemplación desinteresada de las cosas, elévese el sujeto a la categoría de sujeto, pero del conocimiento"
Schopenhauer
http://jacobis.org/

No hay comentarios:

Publicar un comentario