martes, 27 de diciembre de 2011

Autopista al infierno


Me dijiste que me bajase del coche, te volví a besar y te fuiste, el opel se alejó entre las viejas casas. Miré al suelo y sólo vi polvo, empecé a andar, las calles se sucedieron como si fuesen las hojas de un libro malo. Caminé despacio, no tenía prisa ya que no sabía a donde iba (aunque sabía cual era el final). Sonaban fuegos artificiales tras la ciudad, parecían los pedos del dios, no había luna y el único resquicio de vida era el recuerdo de tu traición. Seguí caminando, quedaron atrás las luces y las huellas, subí a lo alto y baje la colina después de ver el sitio donde los hombres quieren llegar a ser. Me entretuve en un charco donde recordé tus besos al oír cantar las ranas y agaché la cabeza y no busqué nada, porque sabía que las princesas no se van con los sapos y que los cuentos siempre acaban mal. Desaparecieron los ruidos y apenas podía ver mis pasos, no había camino, ni iba por lo segao, levanté los ojos y descubrí una nube rojiza como si fuese de humo, parecía como si me hubiesen encerrado dentro de una pipa de sidra y hubiesen prendido una pastilla de azufre. Se limpió el olor, el olor de tus besos, el olor de mi dolor. Caminé hacía la nube, iba pisando charcos como un niño o como un borracho taciturno, pero seguí adelante, no esperaba encontrar a la virgen de Covadonga, ni a una nave espacial, pero seguí adelante. Escuché a una raposa ladrar y volví a oír las sirenas, me decían «Siéntate, espera, no sigas, ya verás...». A duras penas podía andar, sólo quería morirme. Un rayo rompió la obscuridad, retumbó como si mi cabeza hubiese explotado de un disparo, tuve que detenerme, fieras rabiosas caían del cielo maldiciendo mi nombre, una centella estalló delante de mis pies arrancando chispas de las piedras. Yo no tenía miedo había leído a Conrad y a Poe y sabía como era una galerna y además esa tarde me habían arrancado el corazón. Fue fácil, sólo tuve que dar otro paso para que las quimeras desapareciesen entre las sombras, sus alas y sus garras sonaron como un arpa mientras se alejaban, pero sus chillidos se me metían hasta el fondo de las tripas. La noche no tenía prisa y yo tampoco. Al fin apareciste, fue al dar la vuelta a una curva (había encontrado una carretera después de atravesar un bosque carbonizado) cuando te vi. Estabas preciosa como siempre, y me sonreíste de esa manera que me hacía sentir como si yo fuese el rey del mundo. Corrí hacía ti para poner mis labios en los tuyos y abrazarte como nos abrazábamos cuando llegabas a casa y bailábamos canciones de amor. Llovía a mares, llovían piedras, el cielo había reventado y parecía que quería devorarnos pero nuestros labios estaban más mojados que las nubes. Nos mordimos las lenguas y nos acariciamos hasta que nos ahogamos de deseo.
Cuando despertó el sol sólo encontró piedras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario