domingo, 5 de mayo de 2013

Pensabas que ya estaba acabado




















imagen Pelayo Ortega



Pensabas que ya estaba acabado, ya lo habías visto, la historia se había ido pudriendo y ahora el escorbuto te estaba empezando a comer el corazón. Tenías que haber vuelto a casa pero pensaste que eso iba a empeorar las cosas, creías que había momentos en que era mejor pasar, que una guerra abierta os iba a llevar a la destrucción. Por eso no bajaste, decidiste dejar pasar el tiempo, esperar a que se te aclarase la cabeza entre las copas.

La ciudad estaba pasada por agua y dormía, pero eso no era nada nuevo ─la siesta era una de sus características más sonadas─, su dormir (sus ronquidos) habían hecho de la ciudad un personaje cuasi mitológico, como las cuadras que Hércules tuvo que limpiar, allá en la lejana Grecia.
Por suerte la ciudad ya estaba tan pateada que sabías encontrar refugio sin dificultad. Estaba llena de ellos, siempre había sido así, ya sus poetas (dos y un académico) se habían refugiado en los bares de putas ─los únicos espacios de libertad, decían─ antes de tropezarse, borrachos, con las farolas y sus mujeres al mediodía.
Acostumbrado a la olla podrida no (te) costó encontrar cobijo en uno de aquellos garitos donde nadie duerme y todos se conocen de nada. En la mesa del fondo liaban un pitillo hasta que entró alguien en el baño y el liador se fue tras él. En la barra, una mujer de labios muy rojos hablaba exaltada a un hombre pequeño que debía escucharla asustado sino fuese porque estaba tan borracho que no la oía y además le daba al pairo, o le importaba un pijo, que viene a ser la misma cosa, lo que ella contaba. En un extremo, una chica miraba una revista con cara de no entender lo que estaba viendo y en el otro, el dueño, uno que iba disfrazado de chaval cuando ya había pasado los treinta y cinco, miraba con cara estulta a las dos que tenía delante mientras contemplaba los anillos de humo que salían del porro que se estaba fumando. La conversación que partía intelectual sobre la música francesa y el nemequitepa, torcía en el juego de Benzema y en si Cristiano podría ser perdonado por tío bueno en un juicio final de los tontos. Una de las chicas decía que Messi era guapo ─realmente estaba muy fumada─ y la otra recordaba los tiempos en que Chisuscrais ─este si que estaba bueno─ cantaba algo en una pumarada, con una toalla en el paquete.
Ante la promesa de que la cerveza estaba caliente pedí un Johnnie con hielo y dejé que las ideas aterrizasen en mi mente entre los vahos etérneos del alcohol.

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