viernes, 2 de agosto de 2013

Saint Lizier























foto Natalia Pastor


Salí del banco dando traspiés  siempre al límite, estos últimos meses habían triplicado el agujero, cada vez me era más difícil librar. Bajé despacio, como pisando huevos, las avenidas con nombres de generales y no pude reprimir la curiosidad, me acerqué a la galería del centro, sabía que en verano siempre hacían una muestra como resumen de la temporada. Era la una y media, estaba cerrado, la vieja ciudad seguía intentando mantener los horarios cardenalicios. Pegué la cara al escaparate para poder ver mejor, porque hacía mucho sol y ¡Joder! Ahí, a la izquierda, en la pared más cercana a la ventana se mostraba una foto en blanco y negro, una foto en blanco y negro que parecía una de las vidrieras de una catedral gótica. La fotografía de Natalia Pastor, era tan limpia como una puñalada y me deslumbró, la verdad es que me estremecí (y eso que la veía desde la calle) y pensé en como es posible hacer una foto tan buena, y sobre todo, en como es posible que una imagen como esa, algo que podía ver como si fuese la lámina de un libro arte, en cambio, me transmitiese tanta emoción. 
El sitio, mal hallado, como la instantánea de un recuerdo, era un lugar donde ya había estado; los grises del suelo y los ventanales me recordaban todo lo que él me había contado. Había conseguido escapar en la guerra, salió en el último barco. Siempre había intentando luchar bien, mató todo lo que pudo. Primero estuvo en las playas, cuando ya no aguantó el hambre se apuntó en la Legión Extranjera; mató alemanes como no pudo matar españoles. Entró en París a bordo de un tanque, pero no pudo volver a casa. Se acostó con aquellas mujeres moras de cejas negras y voz metálica. Tomó vinos por Montparnasse como si fuesen chatos en la tasca del pueblo. Se fue con Marie, luego se acabó el dinero. Era complicado acostumbrarse a la vida, ya no había tiros ni explosiones. Marie murió, el dinero no fue bastante. Un día se fue, no supe más. Encontré a Rose en un café, como el de aquella película en la que el camarero tenía grandes bigotes y Shirley MacLaine estaba verde y más guapa que nunca. Después vino Odile y Berta y Rachel. Paseaba por aquel país extraño recordando el humo, los disparos, los muslos de aquellas mujeres tristes. 
Era mi abuelo en aquel sanatorio en Francia, cuando vi la fotografía sentí a mi abuelo como si me hubiese tragado el mar. Él me había contado la carta que le había mandado a Marina, su prima, en el pueblo. Apenas les había dado tiempo a ir a la escuela. La pelea con las mulas y ayudar a su madre en la escombrera a recoger piedras de carbón. Quería mucho a Marina, la verdad es que era la única chica que conocía. El tiempo libre era muy poco, siempre a la salida de misa o entre los padres. El pueblo era tan pequeño, pero siempre, no se porque, estaba lleno de gente. El capataz nos ordenaba para entrar en la Iglesia, nos decía donde nos teníamos que sentar, aunque a mí siempre me tocaba quedarme de pie. Cuando estaba en el frente, en primera línea, como delante de la Fábrica de armas, siempre me acordaba de ella, habíamos bajado juntos a la feria de la Ascensión y le hicieron una foto que puse en el reloj. No tenía miedo a la guerra, era más fácil que cazar jabalíes  acerrojaba el máuser y disparaba contra los que venían enfrente. Corrió a toda prisa, cruzó el Sella y un barco lo llevó a Francia. Siguió la guerra hasta llegar a París. Mi padre me lo dijo, se que cuando fue mayor pasó los años en una sala grande y silenciosa como la nave de una catedral. Allí lo fui a recoger, a mi abuelo, enterrado en Francia.


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