martes, 3 de septiembre de 2013

Las voces de Marrakesh














Elias Canetti publicó Las voces de Marrakesh en 1967, pero este libro fue escrito sobre las notas del viaje que en 1954 realizó a Marrakesh acompañando a un equipo de rodaje inglés, apenas dos años antes de la independencia de Marruecos.
Canetti era un spaniol educado entre Suiza y Austria, un sefardí nacido en 1905 en una ciudad, entonces turca y ahora búlgara, a orillas del Danubio. Empujado por la historia recorrió Europa con su familia y aprendió a ver lo que había dentro del paisaje, dentro de las ciudades; así se forjó un increíble contador de historias. Cuando llega a Marrakesh en 1954 ya es un gran literato que había empezado a pergeñar en Viena, en 1930, lo que él llamaba “una comedia humana de la locura", donde quería escribir "un texto riguroso y despiadado conmigo mismo y con el lector. Me hallaba inmunizado contra todo cuanto pudiera ser agradable o complaciente, la literatura vienesa de entonces me daba asco."
En ese momento "el mundo no podía ya ser recreado como en las novelas de antes, es decir, desde la perspectiva de un escritor; el mundo estaba desintegrado y sólo si se tenía el valor de mostrarlo en su desintegración, era posible ofrecer de él alguna imagen verosímil."
Había aprendido de su madre lo que era la vastedad, "poder abarcar todas las cosas y tan contradictorias, el que lo aparentemente incompatible pudiera ser válido al mismo tiempo."
En su obra capital, Auto de fe (1936), no hay sentimentalismo, sólo están los retratos de una sociedad que podemos ver en los cuadros de Grosz, Kirchner, Dix o Schile, la pesadilla de como el capitalismo imperialista degenera en una feroz vorágine de muerte y destrucción.  "La masa domina nuestro siglo, ese es mi proyecto: conocer y comprender la masa."
“Y tú, ¿qué haces?” le preguntó su millonario tío Salomón un día que coincidieron juntos en una boda, y él respondió: “Elias Canetti, Elias Canetti, Elias Canetti.” Esa fue la cantinela que le dio valor para vivir con un principio: “El dinero no tiene valor.”
Cuenta Canetti que nada le ocurrió mejor en la vida que descubrir La metamorfosis de Kafka: "Ahí encontré, en un grado de perfección sumo, la contrapartida de aquella ausencia de compromiso total con la literatura, que tanto odiaba" (Amén).


Tras la independencia de Marruecos en 1956 y hasta el año 1961, 25.000 judíos emigraron del Reino Alauita, pero tras La Guerra de los Seis Días, en junio de 1967, más de cien mil judíos salieron por Ceuta y Melilla hacia Israel, igual que él tuvo que escapar de Viena en La Noche de los Cristales Rotos en 1938; 40.000 de esos judíos eran de Marraquesh.

Un contador de historias es Canetti en este viaje, en el espacio y en el tiempo, al África colonial. Asombrado por lo que ve quiere narrar lo inmediato, lo que despierta sus sentidos, para eso utiliza la sencillez: "Los buenos viajeros son despiadados", así encabeza el libro.
Hombres y mujeres iguales en todas partes, cambia el paisaje, el clima, hasta la raza o el siglo, pero el hombre es el mismo: "La tenacidad de un tonto es inquebrantable"; o como dijo Graham Greene, por boca de Fowler, en la desoladora El americano impasible (1956): “No hay nada peor que un tonto, ni tan siquiera un malvado, por que este al menos descansa de vez en cuando.”
La miseria saca a la luz la humanidad, en el norte de las valquirias los subhombres eran exterminados con precisión matemática, en el sur, al borde del desierto, en Bab-el-Khemis, al otro lado de la muralla, está el mercado de camellos, allí llegan los animales tras su larga travesía por las dunas portando la mercancía de las caravanas, cuando consiguen llegar a casa son premiados con su garganta abierta de par en par, al sol naciente; ya estaba escrito en la puerta de Auschwitz, “El trabajo os hará libres”.


Cuando yo estuve en Marrakesh, en el barrio judío de Melah, un adolescente nos prometió enseñarnos el cementerio a pesar de que ya estaba cerrado. Nos guió desde la plaza de Xemaá El Fná por un laberinto de sombras mientras el sol permanecía en lo alto. Le di unos dírhams y entramos en una casa grande de paredes encaladas, casi un almacén, y nos encontramos en medio de un gimnasio con un ring en el centro donde se pegaban dos chicos, mientras otros muchachos golpeaban remendados sacos de arena que colgaban del techo y otros saltaban descalzos a la comba. El olor aun era más fuerte que el de las calles, llenas de comino y excrementos. Nos subimos a un banco de madera, para poder mirar por la única ventana que había en aquella pared, ya gris y decorada con los póster de Mohamed Ali y Samantha Fox. Desde allí pude ver el cementerio judío, las tumbas se suceden como ampollas de viruela, como protuberancias de muerte se extienden bajo el sol del desierto.
"El cementerio parecía una gigantesca escombrera, un paisaje lunar de muerte. Se amontonan ahí como basura y desearía uno salir huyendo de allí raudo como un chacal. Es el desierto de los muertos sobre el que ya nada crece; el último, el desierto póstumo.”













fotos X-C


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