jueves, 7 de noviembre de 2013

Blancaflor, la hija del diablo

















Esta historia comienza en un castillo donde vivían una vieja reina y un viejo rey que no tenían descendencia. La reina rogaba a Dios todos los días que les diese un hijo, aunque a los veinte años se lo llevara el diablo. Pasó mucho tiempo hasta que nació un niño, pero cuando el niño se hizo grande cogió el vicio del juego y contra todos apostaba. Cuando cumplió veinte años echó una partida de cartas a un forastero y le ganó la bolsa, pero al día siguiente volvieron a jugar y esta vez el forastero —que no era otro que el diablo— le ganó todo el dinero. Arruinado, el diablo le preguntó que si quería jugarse el alma y el príncipe aceptó la apuesta. Y el diablo le ganó el alma, le dijo que si quería recuperarla tendría que ir a su castillo y hacer las tres cosas que él le mandaría.
Así que el muchacho se puso en marcha y después de mucho andar se encontró con una anciana que le preguntó a donde iba. Él le contestó que buscaba el Castillo de Irás y no Volverás.
 —Nadie se atreve a ir a ese castillo, nadie ha conseguido volver de allí.
La pobre anciana le pidió un poco de pan y el príncipe le ofreció todo el que llevaba.
 —Por tu bondad te diré que después de cruzar el Bosque Frondoso, tienes que llegar a un río que está cerca del Castillo de Irás y no Volverás, donde todas las mañanas van a bañarse las hijas del diablo. Escóndele la ropa a la más pequeña, que se llama Blancaflor, y no se la devuelvas hasta que te pregunte tres veces por ella y te prometa su ayuda en todo lo que necesites.
El príncipe consiguió cruzar el Bosque y pudo descubrir un gran castillo, con muchos torreones y preciosos jardines. Delante de ellos estaba el río donde se estaban bañando las hijas del diablo. Las dos mayores salieron del agua, se vistieron y se convirtieron en palomas. La menor, que era la más hermosa, no encontró sus ropas, pero cuando vio al muchacho, se acercó a él y le preguntó por ellas tres veces.
—A cambio tendrás que casarte conmigo —dijo el príncipe—.
—Así lo haré. Ya sabía yo que vendrías.
La chica se vistió y al momento se convirtió en paloma.
—Súbete conmigo y volaremos al castillo.
Cuando llegaron, el diablo ya los esperaba y le encargó el primer trabajo. Tenía que allanar una ladera y ararla y sembrar trigo y hacerle un pan con el. Y como no lo hiciese así le cobraría la vida. Y él le contó a ella el mandato de su padre.
—No te preocupes, échate en mi falda y duérmete.
Al despertar se encontró con una hogaza de pan caliente. Se lo llevó al diablo y este le dijo:
—O tú eres más diablo que yo o esto es cosa de Blancaflor.
—Pues no, señor; ni soy más diablo que usted ni conozco a la tal Blancaflor.
El diablo enfadado le mandó plantar un campo de vid y llevarle un canasto de uvas esa misma tarde. Pero cuando el muchacho se lo contó a Blancaflor ella le volvió a pedir que se echase a dormir. Al despertar, un canasto de uvas apareció a su lado. Cuando se lo llevó al demonio, este repitió:
—O tú eres más diablo que yo o esto es cosa de Blancaflor.
—Pues no, señor; ni soy más diablo que usted ni conozco a la tal Blancaflor.
El diablo rabioso le dijo que estaba perdido que esta vez se cobraría su vida, quería que le trajese una sortija que le había caído a su tatarabuela al mar.
—Esta vez si que moriré —dijo el príncipe a Blancaflor—.
—Nada de eso, escúchame con atención y haz lo que yo te diga. Tienes que matarme.
—De ninguna manera, eso no lo hago yo por nada del mundo.
—Tienes que hacerlo, sino moriremos los dos, que mi padre ya sospecha. Tienes que coger un hacha y hacerme cachitos. Pero todo tiene que caer al cesto, que no caiga nada al suelo. Y cuando me tengas bien picada tira el cesto al mar.
Él no quería pero, al final, la mató; y la hizo pedazos. Pero no se dio cuenta de que una gota de sangre cayó al suelo. Después se quedó dormido. Entonces ella salió del agua con la sortija en la boca, pero había perdido un trocito del dedo meñique por la gota sangre que se derramó. El príncipe llevó la sortija al diablo que otra vez le dijo:
—O tú eres más diablo que yo o esto es cosa de Blancaflor.
—Pues no, señor; ni soy más diablo que usted ni conozco a la tal Blancaflor. Yo cumplí con lo mandado, cumpla usted y devuélvame mi alma.
—Irte te irás, pero antes te has de casar con una de mis hijas. Escoge a una de las tres.
El demonio  transformó a sus hijas en tres diablesas horribles, con colmillos, cuernos y rabo, para que el muchacho no supiese cual de tres era Blancaflor. La pequeña asomó el dedo meñique y el príncipe la eligió. Así pudieron casarse, pero la noche de bodas Blancaflor estaba inquieta.
—Mi padre querrá matarnos ahora. Tenemos que escapar. Vete sin hacer ruido a los establos y ensilla el caballo más flaco que encuentres.
Mientras tanto ella puso en la cama dos pellejos, uno de vino y otro de vinagre. Hecho esto, abandonó el castillo en busca de su marido, pero este no había hecho bien el encargo; el caballo era tan ruin que creyó que no podría cargar con los dos y ensilló otro. Lo que él no sabía es que el rocín flaco, era un caballo mágico que corría más que el viento. Ya no había tiempo para dar la vuelta así que partieron.
El diablo y su mujer, sin encender luces ni hacer ruido, fueron a la estancia de los novios y clavaron sus puñales en las botas de vino y vinagre, creyendo que eran los cuerpos de los chicos y se pusieron a beber lo que debía ser su sangre.
—¡Puag! ¡Qué mala es la sangre de mi yerno!
—Pues esta es de mi hija ¡qué buena está!
Pero cuando encendieron la luz, vieron con furia que los habían engañado; el diablo salió corriendo y, sin ensillar el caballo, montó y a volar. Pronto les dio alcance porque habían elegido el caballo equivocado.
Blancaflor al llegar a un cruce de caminos, habló a su marido:
—Corre, huye tú, yo le entretendré, a mi no me hará nada porque soy su hija. Yo te buscaré, pero prométeme que no me olvidarás y no te casarás con otra. El príncipe le dio su palabra y marchó a galope tendido.
Volvió a su reino, donde fue recibido por todos con gran alegría. Los días y los meses se sucedieron y con el paso del tiempo se fue olvidando de Blancaflor, y se prometió con una guapa princesa.
El día antes de la boda, cuando paseaba a la orilla del río, se le apareció una culebra que le dijo:
—Soy Blancaflor tu amada, tienes que darme un beso, mi padre, el diablo, me ha hechizado y sólo tú puedes salvarme. Acuérdate de mí, yo soy la que te liberó del diablo.
Y sacó una larga y negra lenguona para que el príncipe la besara, pero este, espantado echó a correr. Y allí se quedó Blancaflor arrastrándose por la tierra, entre las piedras.



1 comentario:

  1. gracias, que bonito y que miedo me daba el cuento de blancaflor.

    ResponderEliminar