lunes, 5 de mayo de 2014

La muerte de Áyax















foto X-C



Aquel viaje a Londres en busca del Santo Grial comenzó con unas cervezas en el aeropuerto y el encuentro con Susan. Tras las nubes y todas esas cosas que se ven por el aire llegué a la city, me esperaban días de lluvia y pubs (a paint of bitter, please). Visité unos cuantos museos aunque solo había uno reservado en mi agenda. De la modernidad de la Tate y la Tate Britain, al túnel del tiempo de la belleza clásica, las ruinas de Atenas donde hallamos la cabeza del animal más bello del mundo, el caballo del tímpano del Partenón del que Goethe escribió que con su creación el hombre, con las manos de Fidias, había superado a la naturaleza. Después dejo que mis ojos se inunden con las metopas del templo donde contemplo como hombres y mujeres luchan por algo más que su vida, por algo que les ha dado a ellos la inmortalidad y a nosotros la dignidad, eso que cada día nos quieren quitar humillándonos y pisándonos. Ahora ya no tenemos héroes que nos defiendan ni diosas a quien pedir ayuda, tan solo tenemos esos recuerdos de infancia de aquellos personajes que soñábamos ser, igual que lo soñó Antonio Machado:

«¡Ah, cuando yo era niño
soñaba con los héroes de la Ilíada!
Áyax era más fuerte que Diomedes,
Héctor, más fuerte que Ayax,
y Aquiles el más fuerte; porque era
el más fuerte... ¡Inocencias de la infancia!
¡Ah, cuando yo era niño
soñaba con los héroes de la Ilíada!
»

Con el tiempo, han ido desapareciendo los héroes y las diosas a la par que se iban diluyendo las ilusiones, según consumíamos el presente y ocupábamos el futuro (condicional compuesto).
Pero el azar siempre depara sorpresas y me quedé pasmado ante una cerámica griega del siglo V a. C. en la que aparecía pintado el suicidio de Áyax el Grande. Sobre la negra tinta, como expulsada de un kraken, destaca la figura roja del guerrero desnudo atravesado por su espada apoyada en el suelo. Aquel hombre arrojándose contra la muerte me dejó temblando. ¿Cual serian las razones que le llevaron a un héroe como Áyax a despreciar la vida? Volví a leer la Ilíada pero ahí no aparece su muerte, apenas la menciona Ulises en la Odisea, yo tenia que escribir sobre aquello, lo que no sabia, tonto de mi, que ya lo había hecho, 2500 años antes, Sófocles en una de sus tragedias. Pero no me importó, mi curiosidad me llevaba a intentar saber el porqué, a fin de cuentas los hombres venimos todos de Grecia, de la guerra de Troya, de la Ilíada.
En la Antigua Grecia, hacia el año 1000 antes de nada, sucedieron cosas de las que hoy ya nadie se acuerda, aunque fueron descritas por poetas y cantadas por los bardos. En los tiempos homéricos, los ejércitos griegos se aliaron para cargar contra Troya. Paris hijo del rey de Troya, de visita en Esparta, ha robado el tesoro de la ciudad y ha raptado o se ha fugado con la esposa de rey, Helena la mujer más bella del mundo (la hija de la ninfa Leda que casada con el rey de Esparta fue seducida por Zeus en forma de cisne).
Cuando las naves egeas lleguen a las playas de Troya, será Héctor, el hermano de Paris, el que tenga que defender las murallas y tras no se cuantos años y miles de muertos, la guerra se enquista. Pero una jornada, Aquiles, el semidios hijo de la ninfa Tetis, se volverá loco de dolor con la muerte de su amado Patroclo a manos de Héctor. La suerte está echada y nada podrá detener la furia del héroe, persigue a Héctor hasta atravesarlo con su lanza y lo ata a su carro, lo arrastra alrededor de las murallas de la ciudad; los vítores y los gritos de dolor se mezclan. Cuando al llegar la noche Aquiles se retira a su tienda, deja el cadáver de Héctor atado a su carro con el cinturón de Áyax para que sea devorado por los perros (de la guerra).
Paris el traidor o el inconsciente enamorado, cumple el destino de Aquiles clavándole una flecha, dirigida por Apolo, en el talón, su única debilidad, lo único que no fue sumergido por su madre en el río Estigia, el río del odio que al lado del río del olvido, separaba a la tierra del Hades, el mundo de los muertos. Áyax y Odiseo se enfrentan por ser los herederos de la armadura del semidios, pero la asamblea de reyes griegos mangoneada por Menelao y dirigida por Atenea se la entrega a Odiseo.
Áyax el Grande, el primo de Aquiles, el que hubiese acabado primero con Héctor sino llega a caer la tregua de la noche y al que el heredero del trono de Troya, le ha regalado su espada en reconocimiento a su valor; está ciego de odio y decide acabar con los reyes griegos y con Odiseo el taimado porque «La fortuna sonríe a los audaces (audentes fortuna iuvat) y el propio Marte está en manos de los hombres», como escribirá Virgilio en la Eneida las palabras que pronunció Eneas cuando después de huir de Troya, saltó al combate junto con el rey Latino para fundar Roma.
Pero Atenea, la diosa de la guerra y la estrategia, la civilización y las artes y aliada de Odiseo, lo ha preparado todo. Áyax es el único hombre libre, nunca ha invocado a los dioses, se cree tan fuerte y tan valiente que no los necesita, es Áyax el Grande, hijo de Telamón rey de Salamina. En la noche se pone la armadura y carga contra el campamento de los reyes griegos, pero lo que él no sabe es que lo que esta descuartizando es el botín conquistado, el ganado arrebatado a los troyanos. Carga con furia, como Quijote, contra ovejas y carneros creyéndolos ejércitos. Áyax destripa y mutila, corta cabezas con la pesada espada de Héctor y coge prisionero al carnero más grande, imaginándolo Odiseo, para atarlo al mástil de su tienda y allí matarlo a latigazos. Así, el gran héroe, cae en el deshonor victima de los juegos de los dioses, él que los ignoraba, es castigado. Palas Atenea avisa a Odiseo de la escabechina, y este lamenta su locura: «Pienso tanto en su destino como en el mío. Todos somos, mientras vivimos, meros fantasmas, sombras vanas».
Los reyes aqueos claman venganza, pero no hace falta, cuando Áyax despierta del hechizo, horrorizado empieza a gritar ¡Ay,ay! su nombre repetido. Desesperado no encuentra solución y sin hacer caso de los ruegos de su esposa Tecmesa, toma la espada de Héctor, clava su empuñadura en la tierra y se lanza contra ella. El héroe, vil mortal, encuentra su destino. Burlado por los dioses, es un simple títere movido por el viento de «la fortuna, la más ramera de las diosas», como diría William, el bardo inmortal. Como dirá Quim el personaje de Roberto Bolaño en Los detectives salvajes: «Ay, las casualidades, valen verga las casualidades. A la hora de la verdad todo está escrito. A eso los pinches griegos lo llamaban destino».
Era tan grande, esforzado y valiente que creyó que él mismo podría recorrer su camino, su fuerza fue su debilidad y así lo aprovecharon los dioses. «Ser o no ser, he aquí la cuestión. ¿Qué es más digno para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra océanos de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? Morir..., dormir; no más». Las palabras del príncipe de Dinamarca, parecen pronunciadas por el príncipe aqueo, en su dilema final al despojarse de la armadura después de haber hecho frente a la insultante fortuna y ―al descubrir la inutilidad de su acción― decidir morir .
La guerra continuara sin Áyax, y el muy ingenioso Odiseo construirá un caballo de madera que destruirá la ciudad borracha de victoria. El ardid dará resultado.
Menelao, rey de Esparta, al lado de Helena que ha vuelto con él tras la muerte de Paris, cuenta en la Odisea a Telémaco, el hijo de Ulises que busca a su padre que partió de casa hace veinte años y que aún no ha vuelto aunque la guerra solo duró diez años: «Mis ojos jamás pudieron dar con un hombre que tuviera el corazón de Odiseo, de ánimo paciente, ¡Qué no hizo y sufrió aquel fuerte varón en el caballo de pulimentada madera, cuyo interior ocupábamos los mejores argivos para llevar a los troyanos la carnicería y la muerte!»
Tras luchar diez años en la guerra de Troya, los dioses entorpecieron su travesía durante otros tres años hasta que cayó prisionero y se convirtió en amante de la ninfa Calipso. Sólo la intercesión de la diosa Atenea consigue que Calipso, enamorada de Odiseo, lo deje volver a su hogar; el héroe griego le explica: «No lo lleves a mal, diosa augusta, que yo bien conozco cuán bajo de ti la discreta Penélope queda a la vista en belleza y en noble estatura. Más con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días, el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso» Esa es la verdad de Ulises, la que adivinó Proust: «La verdad no existe para nosotros más que cuando es recreada por nuestra mente».
Escribe Milan Kundera en La ignorancia: «¡Calipso, ah, Calipso! Pienso muchas veces en ella. Amó a Ulises. Vivieron juntos durante siete años. No sabemos cuanto tiempo compartió Ulises su lecho con Penélope. Aun así, se suele exaltar el dolor de Penélope y menospreciar el llanto de Calipso». Ya en el lejano, o cercano, siglo VIII a. C. los poemas épicos cantan el valor de la vuelta a casa, al hogar representado por una mujer, la diosa madre, la que teje y desteje, no sé que extraña tela de araña en la que todos debemos caer atrapados por el bien de los dioses y la patria; sin importar el bien de los hombres y las mujeres que sólo deben vivir para morir.
El viaje como metáfora de la vida; queremos lo que no tenemos, las aventuras suceden mientras navegamos, aunque lo que deseamos es estar en tierra firme, en el hogar; pero cuando la casa arde, con el monótono fuego diario del llar, lo que queremos es navegar, la huida. El héroe disfruta, sufre las aventuras más legendarias pero su única meta es volver a la patria, la infancia a la que canta Rilke en El libro de las horas:

«Amo las horas oscuras de mi ser
en las que se ahondan mis sentidos;
en ellas, como en viejas cartas,
hallo mi vida cotidiana ya vivida
y lejana y olvidada como una leyenda.

Gracias a ellas sé que tengo espacio
para vivir otra ancha vida intemporal.
Y a veces soy como el árbol
que sobre una tumba, maduro y rumoroso,
cumple aquel sueño que el niño que se fue
(al que abraza con sus raíces tibias)
perdió en tristezas y canciones».

En la Divina Comedia Ulises recibirá su castigo. Dante, roto de dolor por la muerte de su amada Beatriz, desciende a los infiernos: 

«En medio del camino de la vida,
errante me encontré por selva oscura,
en que la recta vía era perdida».

Beatriz alarmada, desde el Paraíso, le envía al maestro Virgilio para que le sirva de guía en su travesía. Tras cruzar la laguna Estigia atravesaran los círculos del Infierno, y será en el Octavo Círculo, donde penan los consejeros engañosos ardiendo entre lenguas de llamas como el fuego que salía de sus bocas taimadas, ahí descubrirán a Ulises, que apenas podrá hablar.
En la Odisea de su viaje de vuelta a Ítaca Odiseo desciende a los infiernos donde se encuentra con Áyax: «¡Ojalá yo no le hubiera ganado en aquella querella! Pues por ello a la tierra cayó semejante cabeza, la de Áyax,  mejor en figura y en hechos que todos los argivos después del intachable Aquiles. Y entonces le dije con suaves palabras: Áyax hijo del noble y cabal Telamón! ¿Ni aún después de la muerte olvidarte podrás del rencor contra mí por aquellas perniciosas armas? Los dioses las convirtieron en una plaga contra los dánaos, ya que pereciste tú, que tan gran baluarte eras para todos. Con no menos dolor que la muerte de Aquiles lloramos los aqueos la tuya que nadie causó, solo Zeus, que no tuvo medida en su odio contra los belicosos dánaos y te impuso semejante destino».

Ayax el Grande fue vencido por si mismo, por su honor. Para Calderón (dos mil años después) «la hacienda y la vida son del rey, pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios». Ayax era tan grande que ni su honra era de Dios, solo era suya.

Así habló Zarathustra (Friedrich Nietzsche):
«El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el Superhombre: una cuerda sobre un abismo.
Lo más grande del hombre es que es un puente y no una meta. Lo que debemos amar en el hombre es que consiste en un tránsito y un ocaso.
Yo amo a quienes no saben vivir sino para desaparecer, para anularse, pues esos son los que pasan más allá.
Yo amo a quienes se prodigan y dilapidan su alma, y nunca buscan agradecimiento ni retribución, pues esos son los que lo dan todo y no quieren conservarse a sí mismos.
Yo amo a quienes castigan a su dios, porque aman a su dios; pues ellos perecerán por la ira de su dios.
Yo amo a aquellos cuyas almas son tan profundas, aún cuando se las hiere, que sucumben al menor golpe; porque esos atravesarán el puente.
Yo amo a aquellos cuyas almas están tan repletas que se desbordan, y se olvidan de sí mismos, y todas las cosas están en sus almas, porque todas las cosas les empujarán hacia el abismo.
Yo amo a quienes poseen corazón libre y espíritu libre, de modo que su cabeza no es sino las entrañas de su corazón, pues tal corazón les llevará al ocaso».

Sófocles, allá por los mismos años en que fue cocida el ánfora que desato todo esto en mí, lo dejó así escrito (perdonad la libertad que me tomado para entresacar estos versos, pero ya sabéis… audaces fortuna iuvat):

«Atenea.―  Un solo día basta para abatir a los humanos o levantarlos. Los dioses aman la moderación en los deseos y odian la impiedad.
Sus soldados temen perecer con él bajo una lluvia de piedras, ya que es presa de un mal siniestro e inabordable.
Tecmesa.― Recobrada la razón, ahora experimenta un nuevo dolor: Contemplar los males de los que uno es el autor y comprobar que nadie sino uno mismo los ha cometido, acrece y aumenta los pesares.
Corifeo.― Pero si está encalmado, supongo que todo puede todavía ir bien para él. Cuando la desgracia se ha alejado, ya no hay que pensar en ella.
Tecmesa.― Si a ti te diesen a elegir, ¿qué escogerías? ¿Afligir a tus amigos, siendo tú feliz, o bien padecer con ellos compartiendo sus males?
Corifeo.― Dolor que es doble, mujer, siempre es mayor.
Tecmesa.― Así el mal ha cesado; pero quedamos abrumados.
Corifeo.― ¿Cómo dices eso? No entiendo tus palabras.
Tecmesa.― Áyax, mientras duró su delirio, gozaba en medio de su desgracia; en tanto que a nosotros, dueños de nuestros sentidos, su vista nos torturaba. Pero ahora que vuelto en sí y que el mal le deja respirar, se encuentra todo él presa de una desesperación atroz y nosotros también estamos como él y no sufrimos menos que antes. ¿No es esto, en vez de una pena, dos?
Corifeo.― Estoy de acuerdo contigo y aun me temo que alguna divinidad nos envíe otro azote. ¿Cómo no si, vuelto a la calma, no es más feliz que cuando deliraba? ¿Cómo empezó su mal?
Tecmesa.― Primero cargó contra los animales y después trajo algunos a la tienda donde los degollaba o abría en canal. Al fin, saltando fuera de si de la tienda, empezó a hablar con un fantasma, al que le contó la venganza que se había tomado. Cuando recobró la razón, al ver su tienda llena de sus destrozos, se golpeó la cabeza, dio un grito. Largo tiempo se quedó sin decir palabra; entonces prorrumpió en lúgubres gemido, como nunca se los había oído, porque él siempre sostuvo que las quejas eran propias solo de cobardes y de almas ruines; se lamentaba sordamente como un toro que muge.
Corifeo.― El dolor ha vuelto loco ha nuestro amo.
Áyax.― Marineros, únicos amigos míos, los únicos que permanecéis fieles y leales: mirad qué olas me azotan, a impulso de una sangrienta tempestad, a derecha, a izquierda, en torno mío. Tropa que me ayudas a mover mis barcos; tú, tú sola a quien veo presta a asistirme en mis sufrimientos; ¡pues bien, degüéllame!
Corifeo.― ¡Nada de palabras de mal agüero! No vayas a agravar más tu desgracia con un remedio peor que el propio mal.
Áyax.― ¡Oh sombra, mi luz,  Érebo, dios de la oscuridad, hijo de Caos, mansión resplandeciente para un ser como yo! Acógeme, acógeme como habitante; llévame, que ya no soy digno de levantar mis ojos ni hasta los dioses ni hacia los hombres efímeros, para esperar ayuda ni de unos ni de otros. ¿Adónde huir? ¿Dónde encontrar un refugio seguro, ya que todo se hunde?
Tecmesa.― ¡Qué infortunada soy! ¿Es posible que un hombre tan valiente diga semejantes palabras que antes le hubieran hecho enrojecer?
Áyax.― ¡Ay, Ay! ¿Quién hubiera pensado nunca que mi nombre estuviera a tal punto acorde con mis desgracias? La hija de Zeus, diosa virgen de aterradora mirada, trastornó mi juicio; cuando es un dios el que quiere herir, aun el cobarde escapa del más fuerte. Y ahora, ¿qué puedo hacer? Soy abiertamente enemigo de los dioses; me detesta el ejercito de los griegos; Troya entera y este mi país, me odian. Hay que buscar un medio por el cual pueda probar a mi anciano padre que soy hijo suyo, o por lo menos que tengo un corazón digno de él. Es una vergüenza para un hombre desear una vida larga si no pone todo su esfuerzo para triunfar en sus desventuras. ¿Qué importa, en efecto, que un día sumándose a otro traiga alegría para el hombre, ya que ese día no le aleja de su fin sino que le acerca más a él? No haría yo ningún caso del mortal que se deja ganar por vanas esperanzas. Pero o gloriosamente vivir, o gloriosamente morir es lo único que debe hacer un valiente; y con esto lo he dicho todo.
Tecmesa.― ¿Qué patria podré tener privada de ti? ¿Qué fortuna será la mía? En ti está toda mi salvación. Piensa también en mí: justo es que el hombre recuerde con agradecimiento lo que le ha traído alguna alegría. Un beneficio es siempre causa de agradecimiento. Quien pierde la memoria del favor recibido, no podría ser tenido por hombre bien nacido.
Áyax.― El encanto de la vida es no pensar hasta el momento en que llega uno a saber lo que es placer y dolor.
El tiempo inmenso, infinito, hace surgir a la luz todo lo escondido y cuando lo ha puesto de manifiesto lo oculta de nuevo. No hay que decir “esto no sucederá”, porque falla el juramento más terrible y se ablanda el espíritu más tenaz. Así yo, que hace un momento pronunciaba duras palabras, me he doblegado como el hierro al temple en mi tajante voluntad, me he ablandado ante esta mujer: he sentido lástima de dejar una viuda y un huérfano desamparados a merced de mis enemigos. Escaparé a la pesada cólera de la diosa.
Mensajero.― ¿Dónde está Áyax?
Corifeo.― No está en su tienda; acaba de marcharse; ha cambiado de propósito al cambiar de humor. Va a reconciliarse con los dioses, sin rencor.
Mensajero.― Esas palabras no son otra cosa más que demencia, si es exacto lo que el oráculo predijo. Recomendó que se retuviese por todos los medios a Áyax en su tienda durante todo el día. La cólera de la divina Atenea le perseguiría solamente hoy. Esto les sucede a aquellos que, olvidándose de que han nacido con naturaleza humana, no tienen los sentimientos propios del hombre. Cuando su padre, al salir de la patria, le dio sabios consejos: con la lanza en la mano aspira a vencer, pero siempre con la ayuda de los dioses. Y él, presuntuoso e insensato, replicó: “Padre mío, con la ayuda de los dioses, aun el cobarde puede ganar; pero, hasta sin ellos,  tengo confianza de ganar gloria. También rechazo la ayuda de la divina Atenea: Reina, mantente cerca de los demás griegos, a su lado; donde yo estoy, jamás cederá la línea de combate”. Por tales palabras se atrajo la implacable cólera de la diosa, por no tener sentimientos como conviene a un hombre. Sin embargo, si pasa con vida el día de hoy, quizá con la ayuda de la divinidad podremos salvarlo.
Áyax.― He aquí en pie el acero homicida; de esta manera penetrará mejor: aunque tuviera tiempo sobrado para pensarlo: fue un regalo de Héctor, el más detestado de mis enemigos y el más odioso; hundido está en tierra enemiga, la de Troya, recién afilado en la piedra que muerde el hierro; en fin, lo he asegurado yo mismo cuidadosamente por todas partes, para que ponga toda su complacencia en darme aquí una muerte rápida. Así todo está preparado.
No sirve de nada lamentarse inútilmente; más vale actuar y darse prisa. ¡Oh Muerte, Muerte! Ven en mi ayuda; ha llegado la hora; ven, que contigo ya tendré tiempo de conversar allí cuando me haya unido a ti. Tú, por el contrario, rayo de luz del día que aún luces esplendente ante mis ojos, y tú, Helios, que avanzas en tu carroza, me dirijo a vosotros por última vez porque nunca más lo haré. ¡Oh luz! ¡Oh suelo sagrado de Salamina, mi patria, hogar de mis antepasados; gloriosa Atenas, amigos que habéis crecido conmigo, fuentes y ríos de este país, llanuras troyanas, a vosotros también os digo adiós! ¡Salud a vosotros que me habéis alimentado! Estas palabras son las últimas que os dice Áyax; en adelante, en el Hades las dirigiré a los muertos.
                                                                                         (Se arroja sobre su espada.)
El Coro.― Numerosos, en verdad, son los acontecimientos que cada día pasan a la vista de los hombres; pero antes que uno haya asistido a ellos, nadie puede predecir lo que en el porvenir sucederá».


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